miércoles, 23 de febrero de 2011

Aquellos tanques de febrero

Acababa de finalizar mis estudios universitarios, y comenzaban mis primeros escarceos en el mundo laboral, rebosando en mí los sentimientos propios de quien en aquel entonces tenía 26 años.

Han pasado 30 años, y aunque la canción diga que “20 años no es nada”, el tiempo transcurrido parece toda una vida.

En aquellos tiempos no había ni Facebook, ni Twiter, ni, claro está, Internet. Los teléfonos móviles eran algo inalcanzable para la mayoría, así que la radio y la televisión eran las únicas fuentes de información para aproximarse a las noticias en directo.

Aquel histórico episodio cobra hoy, 30 años después, una nueva perspectiva, y me lleva a pensar como imaginarán los que entonces no vivían, la historia que estos días los medios de comunicación vuelven a reproducir una y otra vez.

A ellos quiero decirles que, a pesar de la coincidencia de esta efemérides con la salida a la calle en varios países africanos de tanques y revueltas populares revelándose contra quienes les llevan oprimiendo y privando de toda clase de libertades durante décadas, los sucesos de aquella fecha en España nada tienen en común con estas revueltas.

Pocas veces podremos encontrar mejor ejemplo de cómo comportarse ante acontecimientos graves como los de aquel 23 de febrero de 1981. Un pueblo que estaba empezando a consolidar un régimen democrático tras años sin él, que resistía los ataques del terrorismo que durante muchos años llenó de luto nuestros pueblos, que veía un futuro esperanzador para sus generaciones más jóvenes, supo guardar la calma, confiar en sus instituciones y finalmente arropar sin fisuras a su gobierno y a su monarca.

Aquellos tanques de febrero del 81 en España, nada tienen que ver con los tanques de hoy en Túnez, Egipto, Yemen, Libia, Argelia o Bahrein.

Mientras en estos países las movilizaciones populares, principalmente de jóvenes insatisfechos por su falta de futuro, sometidos a la pobreza que contrasta con la riqueza de sus gobernantes, se revelan contra estos regímenes, en España lo ocurrido hace 30 años fue un intento fallido de acabar con la incipiente democracia que todos los españoles nos acabábamos de dar.

Aquel joven de 26 años que seguía las noticias en la radio y en la tele, hoy representa a sus conciudadanos en ese mismo lugar que fuera objeto de asalto, secuestro y disparos contra los legítimos representantes de entonces. La historia y la vida son caprichosas y sus giros y vueltas te permiten entender mejor las cosas con el paso del tiempo.

Aprendamos de nuestra historia, o al menos de las cosas más positivas de ella. Que la unión y solidaridad de entonces recobre protagonismo frente al egoísmo e la indiferencia de hoy ante los que lo están pasando peor. Que el único golpe que permitamos sea contra el desempleo, la insolidaridad y las injusticias sociales. Y que ese golpe lo demos todos los demócratas y responsables públicos de manera unida y contundente. Para eso no harán falta los tanques.

Aqueles tanques de febreiro


Acababa de finalizar os meus estudos universitarios, e comezaban os meus primeiros escarceos no mundo laboral, sobordando en min os sentimentos propios de quen naquel entón tiña 26 anos.

Pasaron 30 anos, e aínda que a canción diga que “20 anos non é nada”, o tempo transcorrido parece toda unha vida.

Naqueles tempos non había nin Facebook, nin Twiter, nin, está claro, Internet. Os teléfonos móbiles eran algo inalcanzable para a maioría, así que a radio e a televisión eran as únicas fontes de información para aproximarse ás noticias en directo.

Aquel histórico episodio cobra hoxe, 30 anos despois, unha nova perspectiva, e lévame a pensar como imaxinarán os que entón non vivían, a historia que estes días os medios de comunicación volven reproducir unha e outra vez.

A eles quero dicirlles que, a pesar da coincidencia desta efemérides coa saída á rúa en varios países africanos de tanques e revoltas populares revelándose contra quen lles levan oprimindo e privando de toda clase de liberdades durante décadas, os sucesos daquela data en España nada teñen en común con estas revoltas.

Poucas veces poderemos atopar mellor exemplo de como comportarse ante acontecementos graves como os daquel 23 de febreiro de 1981. Un pobo que estaba empezando a consolidar un réxime democrático tras anos sen el, que resistía os ataques do terrorismo que durante moitos anos encheu de loito os nosos pobos, que vía un futuro esperanzador para as súas xeracións máis novas, soubo gardar a calma, confiar nas súas institucións e finalmente arroupar sen fisuras ao seu goberno e ao seu monarca.

Aqueles tanques de febreiro do 81 en España, nada teñen que ver cos tanques de hoxe en Tunisia, Exipto, Iemen, Libia, Alxeria ou Bahrein.
Mentres nestes países as mobilizacións populares, principalmente de mozos insatisfeitos pola súa falta de futuro, sometidos á pobreza que contrasta coa riqueza dos seus gobernantes, revélanse contra estes réximes, en España o ocorrido fai 30 anos foi un intento errado de acabar coa incipiente democracia que todos os españois acababámonos de dar.

Aquel mozo de 26 anos que seguía as noticias na radio e na tele, hoxe representa aos seus concidadáns nese mesmo lugar que fose obxecto de asalto, secuestro e disparos contra os lexítimos representantes de entón. A historia e a vida son caprichosas e os seus xiros e voltas permítenche entender mellor as cousas co paso do tempo.

Aprendamos da nosa historia, ou polo menos das cousas máis positivas dela. Que a unión e solidariedade de entón recobre protagonismo fronte ao egoísmo e a indiferenza de hoxe ante os que o están pasando peor. Que o único golpe que permitamos sexa contra o desemprego, a insolidaridad e as inxustizas sociais. E que ese golpe deámolo todos os demócratas e responsables públicos de xeito unido e contundente. Para iso non farán falta os tanques.

miércoles, 9 de febrero de 2011

Generación perdida

Los deberes que hace meses le impusieron a nuestro gobierno español desde las aulas germanas y francesas, parece que han merecido un aprobado raspado en la convocatoria de febrero, al tiempo que la maestra volvía a poner nuevas tareas para la próxima evaluación. Puede que algunos encontraran en ello razón suficiente para celebrarlo como si acabaran de culminar sus estudios con un sobresaliente cum laude pero, terminada la fiesta, lo que ahora apremia es aplicar un torniquete en la herida que nos desangra.

“Nos enfrentamos a la perspectiva de una generación perdida de gente joven que sufrirá toda su vida lo peor del desempleo y sus condiciones sociales”. La frase es del director gerente del Fondo Monetario Internacional y parece pronunciarla al tiempo que nos señala con el dedo. Y es que en España el 40%, 4 de cada 10 jóvenes menores de 30 años, ni tienen trabajo ni prácticamente posibilidades de encontrarlo. Por eso cuando Zapatero vendía como un gran logro el acuerdo alcanzado con los sindicatos y los empresarios, me preguntaba qué aportaría de nuevo, de esperanzador, a esta generación de jóvenes que ya suman más de un millón y medio. Me preguntaba que más les da a ellos si se tendrán que jubilar a los 65 o a los 67, si ahora sólo piensan en poder trabajar para empezar a cotizar, para ganarse la vida.

Los más jóvenes necesitan planes de estudios adaptados a las necesidades reales del terreno, a las posibilidades reales del mercado. No necesitan más universidades fabricando títulos que nadie demanda pero que tienen nombres muy seductores. Sí necesitan un gran consenso para un sistema educativo con alternativas realistas tanto en la formación profesional como en la universitaria.

El gobierno tiene muchas y graves responsabilidades en todo este triste y doloroso camino, pero desde toda la sociedad tenemos la obligación y el deber de poner negro sobre blanco esta tarea, que no admite ni un día más de demoras y debates estériles.

Sé de lo que hablo, tengo hijas como muchos de vosotros en esta fase de su vida, y como los hijos de otros muchos españoles, formadas y con ganas de poder demostrar que lo que sus padres les dieron pueden devolverlo con su trabajo, ese que ahora la mitad de ellos no encuentra.

Ahora, a estas alturas del drama que viven, no debe asustarnos que ese trabajo lo tengan que buscar fuera de nuestras fronteras, esas que ya prácticamente dejaron de existir, porque en muchos casos sus anteriores generaciones también lo tuvieron que hacer, y en condiciones muchísimo más duras.

Hasta hace poco a muchos padres les preocupaba que sus hijos se tuviesen que ir de Lugo a buscarse la vida. Hoy ya se conforman, qué remedio, con que encuentren trabajo donde surjan las oportunidades, donde puedan empezar su propia vida.

Ésta es nuestra gran tarea, evitarle a nuestro país el empobrecimiento que conlleva la perdida de toda una generación. Porque si ellos pierden, pierde más España.

Xeración perdida

Os deberes que fai meses impuxéronlle ao noso goberno español desde as aulas xermanas e francesas, parece que mereceron un aprobado raspado na convocatoria de febreiro, á vez que a mestra volvía pór novas tarefas para a próxima avaliación. Poida que algúns atopasen niso razón suficiente para celebralo coma se acabasen de culminar os seus estudos cun sobresaliente cum laude pero, terminada a festa, o que agora aprema é aplicar un torniquete na ferida que nos desangra.

"Enfrontámonos á perspectiva dunha xeración perdida de xente nova que sufrirá toda a súa vida o peor do desemprego e as súas condicións sociais". A frase é do director xerente do Fondo Monetario Internacional e parece pronunciala á vez que nos sinala co dedo. E é que en España o 40%, 4 de cada 10 mozos menores de 30 anos, nin teñen traballo nin practicamente posibilidades de atopalo. Por iso cando Zapatero vendía como un gran logro o acordo alcanzado cos sindicatos e os empresarios, preguntábame que achegaría de novo, de esperanzador, a esta xeración de mozas que xa suman máis dun millón e medio. Preguntábame que máis lles dá a eles se se terán que xubilar aos 65 ou aos 67, se agora só pensan en poder traballar para empezar a cotizar, para gañarse a vida.

Os máis novos necesitan plans de estudos adaptados ás necesidades reais do terreo, ás posibilidades reais do mercado. Non necesitan máis universidades fabricando títulos que ninguén demanda pero que teñen nomes moi sedutores. Si necesitan un gran consenso para un sistema educativo con alternativas realistas tanto na formación profesional como na universitaria.

O goberno ten moitas e graves responsabilidades en todo este triste e doloroso camiño, pero desde toda a sociedade temos a obrigación e o deber de pór negro sobre branco esta tarefa, que non admite nin un día máis de demoras e debates estériles.

Sei do que falo, teño fillas como moitos de vós nesta fase da súa vida, e como os fillos doutros moitos españois, formadas e con ganas de poder demostrar que o que os seus pais déronlles poden devolvelo co seu traballo, ese que agora a metade deles non atopa.

Agora, a estas alturas do drama que viven, non debe asustarnos que ese traballo téñano que buscar fóra das nosas fronteiras, esas que xa practicamente deixaron de existir, porque en moitos casos as súas anteriores xeracións tamén o tiveron que facer, e en condicións moitísimo máis duras.

Ata hai pouco a moitos pais preocupáballes que os seus fillos tivésense que ir de Lugo a buscarse a vida. Hoxe xa se conforman, que remedio, con que atopen traballo onde xurdan as oportunidades, onde poidan empezar a súa propia vida.

Esta é a nosa gran tarefa, evitarlle ao noso país o empobrecimiento que leva a perdida de toda unha xeración. Porque se eles perden, perde máis España.

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