miércoles, 17 de abril de 2013

Llamarlo por su nombre

Seguimos empeñados en tratar de ocultar el verdadero sentido de nuestras intenciones llamando a las cosas con palabras que disfrazan y ocultan la realidad. Ponemos música dulce a letras duras e hirientes. 

En los últimos meses hemos escuchado reiteradamente una palabra que rara vez se había escuchado con anterioridad en España y que en nuestro diccionario encuentra poco eco, “escrache”. 

El escrache tiene su origen en Argentina, durante los años más duros de la dictadura, cuando se producían concentraciones y manifestaciones ante los domicilios de ex altos cargos del régimen militar indultados por Menen pero considerados por el pueblo responsables de miles de desapariciones. Lo que en un principio comenzó siendo una protesta más o menos pacífica acabo convertida en acciones de acoso e intimidación. 

Más de diez años después de aquel origen llega a España de la mano de la Plataforma de afectados por las hipotecas que, con diferentes modus operandi y distintos grados de intensidad, están llevando a cabo acciones de presión ante los domicilios de quienes hemos sido elegidos democráticamente como representantes legítimos del pueblo soberano. 

Esa vulneración de los elementales principios democráticos, justificando su proceder, la analiza perfectamente el historiador Fernando Paz cuando dice que este tipo de fenómenos surgen siempre desde una supuesta superioridad moral y que quienes los practican se arrogan la representatividad del conjunto de la voluntad popular, y lo hacen por encima incluso de la legalidad vigente cuando consideran que ésta es injusta. 

En nuestro caso, algo huele mal. Algo de manipulación tiene que haber, porque ante un problema que se suscita en plena “Champion ligue” zapateril del sistema bancario español, y que tuvo su apogeo en número entre los años 2009 y 2011, con mas de 80.000 desahucios al año, y cuando una de las ministras de vivienda, Carmen Chacón, aprobaba medidas para agilizar los desahucios creando 6 juzgados específicos a tal fin, ninguno de los que hoy acosan aparecían en escena. 

A diario recibimos correos electrónicos y llamadas para mantener reuniones y encuentros con diferentes colectivos que nos trasladan sus problemas y que tratamos de atender. Por regla general estas reuniones las mantenemos en nuestras sedes políticas o en sus domicilios sociales. Nunca hasta ahora las peticiones se habían planteado en forma de acoso, colgando nuestros nombres y fotos en la red, pegándolos en carteles en lugares públicos o acudiendo a nuestros domicilios para tratar de intimidar a propios y extraños. 

Bajo este tipo de presiones, por llamarlas de forma suave, ningún representante de sus vecinos y del conjunto de los españoles puede corregir el sentido de su voto, porque haciendo ruido solo se consigue que nadie se escuche y nadie se entienda. 

En nuestro diccionario el verbo escrachar tiene tres definiciones: romper, destruir y aplastar. Palabras claras que no ocultan detrás de ellas vagos significados. Dejemos los eufemismos y llamemos a las cosas por su nombre. 


Chamalo polo seu nome 

Seguimos empeñados en tratar de ocultar o verdadeiro sentido das nosas intencións chamando ás cousas con palabras que disfrazan e ocultan a realidade. Poñemos música doce a letras duras e hirientes. 

Nos últimos meses escoitamos reiteradamente unha palabra que de cando en cando se escoitou con anterioridad en España e que no noso dicionario atopa pouco eco, “escrache”. 

O escrache ten a súa orixe en Arxentina, durante os anos máis duros da ditadura, cando se producían concentracións e manifestacións ante os domicilios de ex altos cargos do réxime militar indultados por Menen pero considerados polo pobo responsables de miles de desaparicións. O que nun principio comezou sendo unha protesta máis ou menos pacífica acabo convertida en accións de acoso e intimidación. 

Máis de dez anos logo daquela orixe chega a España da man da Plataforma de afectados polas hipotecas que, con diferentes modus operandi e distintos grados de intensidade, están levando a cabo acciones de presión ante os domicilios de quen fomos elixidos democráticamente como representantes lexítimos do poboo soberano. 

Esa vulneración dos elementais principios democráticos, xustificando o seu proceder, analízaa perfectamente o historiador Fernando Paz cando di que este tipo de fenómenos xorden sempre desde unha suposta superioridade moral e que quen os practican se arrogan a representatividad do conxunto da vontade popular, e fano por encima ata da legalidad vigente cando consideran que esta é inxusta. 

No noso caso, algo cheira mal. Algo de manipulación ten que haber, porque ante un problema que se suscita en plena “Champion ligue” zapateril do sistema bancario español, e que tivo o seu apoxeo en número entre os anos 2009 e 2011, con mais de 80.000 desahucios ao ano, e cando unha das ministras de vivenda, Carmen Chacón, aprobaba medidas para agilizar os desahucios creando 6 xulgados específicos a tal fin, ningún dos que hoxe acosan aparecían en escena. 

A diario recibimos correos electrónicos e chamadas para manter reunións e encontros con diferentes colectivos que nos trasladan os seus problemas e que tratamos de atender. Por regra xeral estas reunións mantémolas nas nosas sedes políticas ou nos seus domicilios sociais. Nunca ata agora as peticións suscitáronse en forma de acoso, colgando os nosos nomes e fotos na rede, pegándoos en carteis en lugares públicos ou acudindo aos nosos domicilios para tratar de intimidar a propios e estranos.

miércoles, 3 de abril de 2013

Personas auténticas frente a demagogos.

Vivimos días de extravío, de masas de gente a la deriva, dice Enrique Rojas en su último artículo “Ser auténtico en tiempos convulsos”. Coincido con él en que la regeneración de la vida española necesita tiempo, en que no es fácil recuperar al enfermo en estas condiciones, y que es precisamente por esto por lo que resultan imprescindibles en estos momentos las personas auténticas, personas de categoría frente a lo que abunda, las que llevan doble vida. Necesitamos personas coherentes, que hacen lo que dicen y dicen lo que piensan, en contraposición a quienes se acomodan en un entorno social permisivo y que practica el “haz lo que quieras”. 

En plena crisis económica, pero también y no menos preocupante, política, institucional y social, las conductas de los líderes y las personas que resultan ser referentes deberían coindicir con el patrón de personas autenticas, que tienen palabra y la mantienen incluso en los momentos más adversos. Personas sencillas que actúan con arreglo a sus propios criterios y no como quieren los demás. 

Si hay divorcio entre la sociedad y sus representantes, en parte es porque utilizamos un lenguaje y una forma de comunicación artificial y en ocasiones apartada de la verdad, por miedo a llamar a las cosas por su nombre. 

Siempre nos resulta más cómodo en todos los campos de la vida, seguir a las masas que se mueven de un lado al otro en base a las modas o consignas de cada momento. Lo difícil, lo valiente, pero en ocasiones poco rentable electoralmente, es depender poco del entorno y tener tu propio criterio, y que éste no se vea doblegado frecuentemente por la presión externa. 

Con otra frase del articulo de Enrique Rojas, “El que es auténtico no engaña ni se engaña, si falla, si comete un error con otra persona lo reconoce y pide perdón”, hago una reflexión, personal y arriesgada. Me pregunto cuántas veces hemos reconocido nuestros errores, unos y otros, y cuántas hemos pedido perdón por ellos. 

En mi Partido seguramente se han cometido errores, personales o no, que han llevado a muchos militantes y simpatizantes, y a una buena parte de la sociedad, a exigir explicaciones, especialmente en todo lo relacionado con la gestión de su financiación. El daño causado, con independencia de los procedimientos judiciales en curso, ya es irreparable, y quizás sea un buen momento para pedir disculpas o mil perdones a todos cuantos siguen confiando en esta organización sin esperar nada a cambio. 

Ahora bien, todos aquellos que como eje principal de sus actuaciones utilizan el acoso a domicilios particulares de sus representantes democráticos o revientan plenos en las corporaciones locales, lejos de ser auténticos, son demagogos. Pretenden conseguir lo que en las urnas les negaron, usan eslóganes que a las masas les gusta escuchar, consignas que simplifican, y muchas veces ocultan a sabiendas, la realidad de lo que sucede. Actitudes contrarias a lo que demandan los tiempos difíciles que nos toca sortear. 


Persoas auténticas fronte a demagogos. 

Vivimos días de extravío, de masas de xente á deriva, di Enrique Rojas no seu último artigo "Ser auténtico en tempos convulsos". Coincido con el en que a regeneración da vida española necesita tempo, en que non é fácil recuperar ao enfermo nestas condicións, e que é precisamente por isto polo que resultan imprescindibles nestes momentos as persoas auténticas, persoas de categoría fronte ao que abunda, as que levan dobre vida. Necesitamos persoas coherentes, que fan o que din e din o que pensan, en contraposición a quen se acomodan nunha contorna social permisivo e que practica o "fai o que queiras". 

En plena crise económica, pero tamén e non menos preocupante, política, institucional e social, as condutas dos líderes e as persoas que resultan ser referentes deberían coindicir co patrón de persoas autenticas, que teñen palabra e mantéñena ata nos momentos máis adversos. Persoas sinxelas que actúan con arranxo aos seus propios criterios e non como queren os demais. 

Si hai divorcio entre a sociedade e os seus representantes, en parte é porque utilizamos unha linguaxe e unha forma de comunicación artificial e en ocasións apartada da verdade, por medo a chamar ás cousas polo seu nome. 

Sempre nos resulta máis cómodo en todos os campos da vida, seguir ás masas que se moven dun lado ao outro en base ás modas ou consignas de cada momento. O difícil, o valente, pero en ocasións pouco rendible electoralmente, é depender pouco da contorna e ter o teu propio criterio, e que este non se vexa doblegado frecuentemente pola presión externa. 

Con outra frase do articulo de Enrique Rojas, "O que é auténtico non engana nin se engana, si falla, si comete un erro con outra persoa recoñéceo e pide perdón", fago unha reflexión, persoal e arriscada. Pregúntome cantas veces recoñecemos os nosos erros, uns e outros, e cantas pedimos perdón por eles. 

No meu Partido seguramente cometéronse erros, persoais ou non, que levaron a moitos militantes e simpatizantes, e a unha boa parte da sociedade, a esixir explicacións, especialmente en todo o relacionado coa xestión do seu financiamento. O dano causado, con independencia dos procedementos xudiciais en curso, xa é irreparable, e quizais sexa un bo momento para pedir desculpas ou mil perdoes a todos cantos seguen confiando nesta organización sen esperar nada a cambio. 

Agora ben, todos aqueles que como eixe principal das súas actuacións utilizan o acoso a domicilios particulares dos seus representantes democráticos ou rebentan plenos nas corporacións locais, lonxe de ser auténticos, son demagogos. Pretenden conseguir o que nas urnas negáronlles, usan eslóganes que ás masas gústalles escoitar, consignas que simplifican, e moitas veces ocultan a propósito, a realidade do que sucede. Actitudes contrarias ao que demandan os tempos difíciles que nos toca sortear.
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