miércoles, 18 de noviembre de 2015

Delante de nuestros ojos

Es difícil escribir bajo impactos emocionales de gran envergadura, como me ocurre en este momento, borracho de emociones tristes propiciadas por las imágenes y las noticias que llegan de París.

Posiblemente la inmediatez de los hechos nos impide la perspectiva y por ello no vemos lo que tenemos delante, una guerra por capítulos y entregas, como una serie de terror que tiene fascículos con titulares ensangrentados: Torres gemelas, Atocha, metro de Londres, turistas en Egipto,.. La concatenación de tantos actos propios de la barbarie hace que sean cada día más los que se sumen a las voces que hablan de un escenario que bien podría ser la III Guerra Mundial.

Lo saben bien los que analizan los hechos con perspectiva histórica, pero si queremos, también los que vemos en Internet vídeos y fotografías de ejecuciones, de niños sonrientes sujetando las cabezas de los degollados, de mujeres lapidadas señaladas por adulterio.

Nos lo llevan diciendo y lo llevamos viendo desde hace mucho tiempo. Lo tenemos delante de nuestros ojos pero parece que no queremos verlo ni entenderlo. “Usaremos vuestra democracia para destruir vuestra democracia” pudimos leer en pancartas en manos de estudiantes musulmanes en una manifestación en Londres. Nos enfrentamos a un enemigo con la fuerza e ideales de toda juventud pero cargado del fanatismo yihaidista, que actúa con desesperación y odio, dispuestos a matar “infieles” y con ello ganarse su Paraíso.

El yihadismo ha declarado la guerra a Occidente, es decir a nosotros, pero todavía somos poco conscientes de lo que tenemos delante.

Cada día que pasa son más los que hablando claro dicen que estamos metidos de lleno en una guerra sin cuartel, con un enemigo infiltrado desde hace tiempo entre nosotros, sin vestir uniforme que lo identifique, inoculándose en nuestra sociedad. Han crecido y algunos incluso nacido entre nosotros, en barrios de las grandes ciudades europeas, pero sin dejar de escucha la llamada de sus falsos profetas que les ordenan participar en orgías de disparos en nombre de Alá y sacrificar su vida por la causa.

Para combatir este enemigo, Europa necesita unidad de criterio y de acción, y las respuestas y conductas no son iguales dentro de Occidente. Hay muchas diferencias. Mientras los franceses allí cantan su himno nacional en señal de unidad, aquí lo abucheamos. Mientras allí se enfrentan a una guerra con respuestas que se anuncian contundentes, otros siguen pensando en sus alianzas de civilizaciones, en el buenismo multicultural. Mientras en París se preparan para combatir sin piedad a los terroristas y están del lado del ejecutivo, aquí hace tan solo una década en situación parecida se echaba la culpa al gobierno de entonces. Por eso aunque digamos que “somos París”, somos muy diferentes.

El enemigo está delante, entre nosotros, quiere acabar con nuestra forma de vida y de ser. Decimos que nos hará daño pero que no conseguirá vencernos. Dependerá de cómo queramos verlo y combatirlo, porque los próximos podemos ser cualquiera de nosotros. 

Diante dos nosos ollos

É difícil escribir baixo impactos emocionais de gran envergadura, como me ocorre neste momento, borracho de emocións tristes propiciadas polas imaxes e as noticias que chegan de París.

Posiblemente a inmediatez dos feitos impídenos a perspectiva e por iso non vemos o que temos diante, unha guerra por capítulos e entregas, como unha serie de terror que ten fascículos con titulares ensanguentados: Torres xemelgas, Atocha, metro de Londres, turistas en Exipto... A concatenación de tantos actos propios da barbarie fai que sexan cada día máis os que se somen ás voces que falan dun escenario que ben podería ser a III Guerra Mundial.

Sábeno ben os que analizan os feitos con perspectiva histórica, pero se queremos, tamén os que vemos na internet vídeos e fotografías de execucións, de nenos riseiros suxeitando as cabezas dos degolados, de mulleres lapidadas sinaladas por adulterio.

Lévannolo dicindo e levámolo vendo desde hai moito tempo. Témolo diante dos nosos ollos pero parece que non queremos velo nin entendelo. ?Usaremos a vosa democracia para destruír a vosa democracia? puidemos ler en pancartas en mans de estudantes musulmáns nunha manifestación en Londres. Enfrontámonos a un inimigo coa forza e ideais de toda mocidade pero cargado do fanatismo yihaidista, que actúa con desesperación e odio, dispostos a matar ?infieis? e con iso gañarse o seu Paraíso.

O yihadismo declarou a guerra a Occidente, é dicir a nós, pero aínda somos pouco conscientes do que temos diante.

Cada día que pasa son máis os que falando claro din que estamos metidos de cheo nunha guerra sen cuartel, cun inimigo infiltrado desde hai tempo entre nós, sen vestir uniforme que o identifique, inoculándose na nosa sociedade. Creceron e algúns mesmo nacido entre nós, en barrios das grandes cidades europeas, pero sen deixar de escoita a chamada dos seus falsos profetas que lles ordenan participar en orxías de disparos en nome de Alá e sacrificar a súa vida pola causa.

Para combater este inimigo, Europa necesita unidade de criterio e de acción, e as respostas e condutas non son iguais dentro de Occidente. Hai moitas diferenzas. Mentres os franceses alí cantan o seu himno nacional en sinal de unidade, aquí apupámolo. Mentres alí enfróntanse a unha guerra con respostas que se anuncian contundentes, outros seguen pensando nas súas alianzas de civilizacións, no buenismo multicultural. Mentres en París prepáranse para combater sen piedade aos terroristas e están ao lado do executivo, aquí fai tan só unha década en situación parecida botábase a culpa ao goberno de entón. Por iso aínda que digamos que “somos París”, somos moi diferentes.

O inimigo está diante, entre nós, quere acabar coa nosa forma de vida e de ser. Dicimos que nos fará dano pero que non conseguirá vencernos. Dependerá de como queiramos velo e combatelo, porque os próximos podemos ser calquera de nós.

miércoles, 4 de noviembre de 2015

Ayudar a la gente

Mi consigna en el primer trabajo que desempeñé en una administración en los ya lejanos años 80, era facilitar las cosas a personas llegadas de los diferentes puntos de nuestra provincia, principalmente del entorno rural. Para algunos de ellos venir a la capital, entrar en las dependencias de una administración y completar los diferentes trámites del expediente que traían entre sus manos, era todo un reto.

Intenté siempre utilizar el procedimiento administrativo para colaborar con el administrado y no para ir contra él, y el resultado final fue muy satisfactorio. Pronto alterné épocas de gestión en diferentes puestos de administraciones públicas con responsabilidades políticas de distinta índole, y siempre fui consciente de que las personas, la sociedad en general, eran la finalidad de todos mis actos.

Este pasado domingo leyendo diferentes periódicos, una entrevista publicada en un diario nacional llamó mi atención. En su contraportada aparecía la foto de un compañero de Partido y de escaño en el Congreso, Pablo Casado. La entrevista, con preguntas y respuestas claras y sinceras, es de recomendable lectura.

De todas sus respuestas hay una en la que Pablo le dice al entrevistador que su hija de tres años, cuando responde a la pregunta de ¿a qué se dedica tu papá? ella contesta “Mi papá ayuda a la gente”, y Pablo concluye, “es lo que tiene que ser la política, ayudar a la gente”.

No puedo estar más de acuerdo con esa definición, sencilla, clara, nada rebuscada ni pretenciosa, y por lo tanto entendible para la mayoría.

Con cada decisión que se toma en un despacho de un Ministerio, Consejería, Ayuntamiento… los políticos debemos valorar al milímetro sus consecuencias, especialmente en la forma en que tales decisiones van a afectar la vida del conjunto de los ciudadanos. Cuando legislamos en las Cámaras de representación, debe ocurrir otro tanto de lo mismo.

La política en todas sus afecciones resulta compleja, al tiempo que apasionante para quien la ejerza con vocación de servicio. Pero desde la noche de los tiempos también en la política han existido conductas individuales reprochables y muy censurables que han desprestigiado a todo el colectivo, de ahí que para muchos lo de “ayudar a la gente” pueda sonar poco creíble.

Ahora que se acercan unas elecciones generales y que las encuestas pronostican un escenario diferente con la irrupción en el mismo de nuevos actores, es el momento de valorar además de las ideologías, a las personas y sus conductas, de distinguir entre los que desde la política quieren ayudar a la gente y aquellos que con sus decisiones perjudican a toda la sociedad. Es la hora de separar las palabras bonitas de los hechos reales. De diferenciar la buena gestión de las irresponsabilidades que conducen a la quiebra. De fijarnos más en los rostros serenos y responsables que cuentan con el aval de una trayectoria contrastable que en las caras de tertulianos dispuestos a regalar los oídos de todos los televidentes.

Por eso la respuesta de la hija de Pablo “mi papá ayuda a la gente” es más oportuna que nunca, porque es el momento de seguir ayudando a la gente.

Axudar á xente

A miña consigna no primeiro traballo que desempeñei nunha administración nos xa afastados anos 80, era facilitar as cousas a persoas chegadas dos diferentes puntos da nosa provincia, principalmente da contorna rural. Para algúns deles vir á capital, entrar nas dependencias dunha administración e completar os diferentes trámites do expediente que traían entre as súas mans, era todo un reto.

Tentei sempre utilizar o procedemento administrativo para colaborar co administrado e non para ir contra el, e o resultado final foi moi satisfactorio. Pronto alternei épocas de xestión en diferentes postos de administracións públicas con responsabilidades políticas de distinta índole, e sempre fun consciente de que as persoas, a sociedade en xeral, eran a finalidade de todos os meus actos.

Este pasado domingo lendo diferentes xornais, unha entrevista publicada nun diario nacional chamou a miña atención. Na súa contraportada aparecía a foto dun compañeiro de Partido e de escano no Congreso, Pablo Casado. A entrevista, con preguntas e respostas claras e sinceras, é de recomendable lectura.

De todas as súas respostas hai unha na que Pablo dille ao entrevistador que a súa filla de tres anos, cando responde á pregunta de “a que se dedica o teu papá?” ela contesta “O meu papá axuda á xente”, e Pablo conclúe, “é o que ten que ser a política, axudar á xente”.

Non podo estar máis de acordo con esa definición, sinxela, clara, nada rebuscada nin pretenciosa, e por tanto entendible para a maioría.

Con cada decisión que se toma nun despacho dun Ministerio, Consellería, Concello... os políticos debemos valorar ao milímetro as súas consecuencias, especialmente na forma en que tales decisións van afectar a vida do conxunto dos cidadáns. Cando lexislamos nas Cámaras de representación, debe ocorrer outro tanto do mesmo.

A política en todas as súas afeccións resulta complexa, á vez que apaixonante para quen a exerza con vocación de servizo. Pero desde a noite dos tempos tamén na política existiron condutas individuais reprochables e moi censurables que desprestixiaron a todo o colectivo, por iso é polo que para moitos o de “axudar á xente” poida soar pouco crible.

Agora que se achegan unhas eleccións xerais e que as enquisas prognostican un escenario diferente coa irrupción no mesmo de novos actores, é o momento de valorar ademais das ideoloxías, ás persoas e as súas condutas, de distinguir entre os que desde a política queren axudar á xente e aqueles que coas súas decisións prexudican a toda a sociedade. É a hora de separar as palabras bonitas dos feitos reais. De diferenciar a boa xestión das irresponsabilidades que conducen á quebra. De fixarnos máis nos rostros serenos e responsables que contan co aval dunha traxectoria contrastable que nas caras de tertulianos dispostos a regalar os oídos de todos os televidentes.

Por iso a resposta da filla de Pablo “o meu papá axuda á xente” é máis oportuna que nunca, porque é o momento de seguir axudando á xente.
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