miércoles, 29 de junio de 2016

Algo ha cambiado desde el domingo

Acaba de terminar la jornada electoral y los españoles hemos hablado en las urnas. Estos días repetí que nadie debería dejar de manifestar su opción en una elecciones tan decisivas para España, porque quien no participara, quien no votase, lo que estaría propiciando sería que los demás hablasen por él.

Igualmente argumenté, también de manera reiterada, sobre la importancia de estas elecciones, comparándolas con aquellas de junio de 1977 en las que pude votar por primera vez en mi vida, las primeras de la recién estrenada democracia española, que a la postre sigue siendo todavía joven.

Al igual que entonces, donde la manera de pasar de una dictadura a una democracia requería mucha prudencia y nada de extremismos, en esta ocasión la decisión residía en elegir entre un gobierno moderado y un régimen comunista y populista que se presentaba como una ciclogénesis explosiva para nuestro modelos de convivencia.

Después de una campaña donde algunos pusieron todo su empeño en demonizar al Partido Popular y sus políticas y otros en vetar el nombre de Rajoy sin aclarar con quien pactarían, mientras el PP insistía en la importancia de mantener el crecimiento económico, bajar impuestos y no dar ni un paso atrás en la unidad de España, la jornada electoral se convirtió en la gran protagonista.

Los españoles hablamos el domingo y lo hicimos de manera clara y contundente. Nos inclinamos por dar una confianza mayoritaria a quien demostró haber aguantado carros y carretas mientras dedicaba todo su empeño en poner a nuestro país a la cabeza de los que más están creciendo económicamente y en la creación de empleo dentro de la unión europea. Al mismo tiempo con nuestros votos rechazamos todo intento de poner en riesgo nuestro estado de bienestar, construido desde hace décadas con el esfuerzo y sacrificio de toda la sociedad, y que algunos pretendían liquidar a base de subsidios y promesas incumpibles.

A pesar de que los resultados electorales pudieran parecer similares a los de diciembre en lo relativo a los necesarios acuerdos de investidura y gobernabilidad, la situación se percibe bien diferente. Sin haber conseguido una mayoría absoluta, algo que todos veíamos imposible, el Partido Popular obtuvo un claro aval de los ciudadanos, siendo el único de los partidos que conseguía crecer desde el 20D, nada menos que 14 escaños, mientras que los demás perdían votos y escaños, cuantitativa y cualitativamente hablando.

Una vez más el valor del voto sereno y responsable fue determinante. Se votó más con la cabeza que con el corazón, pensando que al día siguiente ya no cabría arrepentirse, ni recoger firmas para pedir que se repitieran las elecciones ante un panorama incierto, quizás pensando en lo que los ingleses acababan de vivir en sus propias carnes y en la convulsión que provocaron con sus experimentos en forma de referéndum.

Sin duda alguna algo ha cambiado desde el domingo, y es que la sociedad española ha sido la clara vencedora de estas elecciones. Felicitémonos por ello.

Algo cambiou desde o domingo

Acaba de terminar a xornada electoral e os españois falamos nas urnas. Estes días repetín que ninguén debería deixar de manifestar a súa opción nunhas eleccións tan decisivas para España, porque quen non participase, quen non votase, o que estaría a propiciar sería que os demais falasen por el.

Igualmente argumentei, tamén de maneira reiterada, sobre a importancia destas eleccións, comparándoas con aquelas de xuño de 1977 nas que puiden votar por primeira vez na miña vida, as primeiras da recentemente estreada democracia española, que ao cabo segue sendo aínda nova.

Do mesmo xeito que entón, onde a maneira de pasar dunha ditadura a unha democracia requiría moita prudencia e nada de extremismos, nesta ocasión a decisión residía en elixir entre un goberno moderado e un réxime comunista e populista que se presentaba como unha cicloxénese explosiva para o noso modelos de convivencia.

Despois dunha campaña onde algúns puxeron todo o seu empeño en demonizar ao Partido Popular e as súas políticas e outros en vetar o nome de Rajoy sen aclarar con quen pactaría, mentres o PP insistía na importancia de manter o crecemento económico, baixar impostos e non dar nin un paso atrás na unidade de España, a xornada electoral converteuse na gran protagonista.

Os españois falamos o domingo e fixémolo de maneira clara e contundente. Inclinámonos por dar unha confianza maioritaria a quen demostrou aguantar carros e carretas mentres dedicaba todo o seu empeño en poñer ao noso país á cabeza dos que máis están a crecer economicamente e na creación de emprego dentro da unión europea. Ao mesmo tempo cos nosos votos rexeitamos todo intento de poñer en risco o noso estado de benestar, construído desde hai décadas co esforzo e sacrificio de toda a sociedade, e que algúns pretendían liquidar a base de subsidios e promesas incumpribles.

A pesar de que os resultados electorais puidesen parecer similares aos de decembro no relativo aos necesarios acordos de investidura e gobernabilidade, a situación percíbese ben diferente. Sen conseguir unha maioría absoluta, algo que todos viamos imposible, o Partido Popular obtivo un claro aval dos cidadáns, sendo o único dos partidos que conseguía crecer desde o 20D, nada menos que 14 escanos, mentres que os demais perdían votos e escanos, cuantitativa e cualitativamente falando.

Unha vez máis o valor do voto sereno e responsable foi determinante. Votouse máis coa cabeza que co corazón, pensando que ao día seguinte xa non cabería arrepentirse, nin recoller firmas para pedir que se repetisen as eleccións ante un panorama incerto, quizais pensando no que os ingleses acababan de vivir nas súas propias carnes e na convulsión que provocaron cos seus experimentos en forma de referendo.

Sen ningunha dúbida algo cambiou desde o domingo, e é que a sociedade española foi a clara vencedora destas eleccións. Felicitémonos por iso.

miércoles, 15 de junio de 2016

El valor de tu voto

Muchas veces pienso en la poca importancia que le damos al hecho de poder emitir un voto, cuando realmente es la herramienta con la que estamos eligiendo a las personas en las que queremos depositar nuestra confianza para que resuelvan los problemas que más nos afectan o preocupan. Posiblemente la falta de tradición democrática de esta España nuestra, en la que la democracia todavía es joven, sea una de las razones.

En ocasiones cuando no podemos asistir a la junta de vecinos de una comunidad nos preocupamos y movilizamos para que otro vecino lleve nuestra representación, habilitándolo al efecto. Lo mismo valdría para reuniones de APAS, montes vecinales, asociaciones deportivas y un sinfín de actividades de nuestra vida diaria.

Si en esas ocasiones demostramos interés, deberíamos actuar en consecuencia cuando de lo que se trata es de elegir en manos de quiénes queremos poner durante los próximos años las decisiones que nos tocaran de lleno. Las pensiones, los impuestos, la educación de nuestros hijos, la sanidad, la seguridad y tranquilidad para nuestras vidas y las de nuestros compatriotas españoles estén donde estén.

Como candidato que recorre pueblos y ciudades, percibo en estos momentos en gran parte de la sociedad importantes dosis de hartazgo y cansancio de la política y hacia los políticos. Estas circunstancias puedan hacer al votante caer en la tentación de no participar en las próximas elecciones del 26J. Siendo ésta una opción legítima, no votar no refleja desacuerdo sino simplemente no decir nada. Y cuando uno no habla con su voto y otros sí lo hacen, serán estos últimos los que decidan por ti.

De igual manera me resulta difícil de entender el voto contra alguien. Si a mí no me gustan los perros no me dedico a criar gatos, los tendré solo si me gustan. Si odio los garbanzos, no debería llenar la despensa de arroz. Del mismo modo si no me cae bien el líder de un partido o su ideología no debo votar al contrario sin gustarme solo por fastidiar al primero, porque lo que estaré haciendo es fastidiarme a mí mismo. En definitiva, el voto en “contra de” seguramente se convertirá en un voto “contra mí”.

En pocos días tendremos en nuestras manos una nueva oportunidad de tomar una importante decisión. Me atrevo a pediros con humildad y respeto que valoréis y elijáis la opción que entendáis que mejor se adapta a vuestra forma de pensar y concebir el modelo de sociedad que deseáis para vosotros y los vuestros. Que lo hagáis en positivo, sin dejaros llevar por promesas irrealizables que en estos días se prodigan y sin resquicios de rechazo o venganza.

Evidentemente mi propuesta es votar para permitir que continúe el cambio que ha transformado España en un país que en lugar de destruir empleo ahora lo crea, o que permite que nuestras pensiones estén garantizadas por ley, pero no se trata de hacer campaña por mi Partido, sino de resaltar la importancia que tiene que vosotros habléis.

Votar no es cubrir una quiniela o una primitiva. Votar es ejercer uno de nuestros derechos democráticos más importantes. Tu voto tiene mucho valor. No lo desprecies.

O valor do teu voto

Moitas veces penso na pouca importancia que lle damos ao feito de poder emitir un voto, cando realmente é a ferramenta coa que estamos a elixir ás persoas nas que queremos depositar a nosa confianza para que resolvan os problemas que máis nos afectan ou preocupan. Posiblemente a falta de tradición democrática desta España nosa, na que a democracia aínda é nova, sexa unha das razóns.

En ocasións cando non podemos asistir á xunta de veciños dunha comunidade preocupámonos e mobilizamos para que outro veciño leve nosa representación, habilitándoo para o efecto. O mesmo valería para reunións de APAS, montes veciñais, asociacións deportivas e unha infinidade de actividades da nosa vida diaria.

Se nesas ocasións demostramos interese, deberiamos actuar en consecuencia cando do que se trata é de elixir en mans de quen queremos poñer durante os próximos anos as decisións que nos tocasen de cheo. As pensións, os impostos, a educación dos nosos fillos, a sanidade, a seguridade e tranquilidade para as nosas vidas e as dos nosos compatriotas españois estean onde estean.

Como candidato que percorre pobos e cidades, percibo nestes momentos en gran parte da sociedade importantes dose de hartazgo e cansazo da política e cara aos políticos. Estas circunstancias poidan facer ao votante caer na tentación de non participar nas próximas eleccións do 26J. Sendo esta unha opción lexítima, non votar non reflicte desacordo senón simplemente non dicir nada. E cando uno non fala co seu voto e outros si o fan, serán estes últimos os que decidan por ti.

De igual maneira resúltame difícil de entender o voto contra alguén. Se a min non me gustan os cans non me dedico a criar gatos, tereinos só se me gustan. Se odio os garavanzos, non debería encher a despensa de arroz. Do mesmo xeito se non me cae ben o líder dun partido ou a súa ideoloxía non debo votar ao contrario sen gustarme só por amolar ao primeiro, porque o que estarei a facer é amolarme a min mesmo. En definitiva, o voto en “contra de” seguramente se converterá nun voto “contra min”.

En poucos días teremos nas nosas mans unha nova oportunidade de tomar unha importante decisión. Atrévome a pedirvos con humildade e respecto que valoredes e elixades a opción que entendades que mellor se adapta á vosa forma de pensar e concibir o modelo de sociedade que desexades para vós e os vosos. Que o fagades en positivo, sen deixarvos levar por promesas irrealizables que nestes días prodíganse e sen físgoas de rexeitamento ou vinganza.

Evidentemente a miña proposta é votar para permitir que continúe o cambio que transformou España nun país que en lugar de destruír emprego agora créao, ou que permite que as nosas pensións estean garantidas por lei, pero non se trata de facer campaña polo meu Partido, senón de resaltar a importancia que ten que vós faledes.

Votar non é cubrir unha quiniela ou unha primitiva. Votar é exercer un dos nosos dereitos democráticos máis importantes. O teu voto ten moito valor. Non o despreces.

miércoles, 1 de junio de 2016

Livio Druso el Tribuno

Leyendo un artículo periodístico un nombre llamó mi atención por desconocimiento, Livio Druso el Tribuno. Echando mano de Wikipedia satisfice mi curiosidad. Se trata de un personaje que plasmó su fuerza en los años 90 antes de Cristo. Según la enciclopedia siguió una política populista, presentó una ley demagógica y devaluó la moneda. Quiso contentar a todos en el Senado romano consiguiendo el descontento de las órdenes de caballeros y Padres. Con su ley agraria logró la oposición de terratenientes y de la plebe. Finalmente en un clima de guerra civil, Druso fue desaprobado oficialmente por el Senado, apareciendo muerto a los pocos días apuñalado en su casa por un desconocido, lo que desencadenó la guerra social que duró desde el 90 aC. hasta el 88 aC.

Extrapolando fechas, nombres y denominaciones, su conducta podría asimilarse a la personajes de nuestra historia contemporánea, donde cuando las crisis desesperan a muchos ciudadanos aparecen algunos inconscientes promoviendo leyes y normas de bonito enunciado y nefastas consecuencias, unas impulsadas por Zapatero, otras prometidas por Pablo Iglesias y algunas otras puestas en práctica por alcaldes populistas como Ada Colau en Barcelona.

Todos conocemos ejemplos recientes y cercanos de políticas populistas, de la demagogia de la extrema izquierda o de los secesionistas. No nos lo tomemos a broma.

Podemos y sus alianzas con IU representan la ideología más nefasta por sus consecuencias sociales de los últimos cien años: el comunismo.

De Pedro Sánchez no podemos creernos casi nada. Mientras él dice que no habrá terceras elecciones, algunos de los miembros de la dirección del PSOE ya han repetido que sea cual sea el resultado del 26J, con quien no piensan pactar nunca será con el PP. Yo añado, con Podemos tendrán su baza para asentarse en la Moncloa, o viceversa.

Mientras, en Europa crece la preocupación ante el avance del populismo ultranacionalista, provocado en parte como respuesta a la deficiente gestión de la crisis de los refugiados.

En Francia las movilizaciones y protestas sindicales contra la reforma laboral están llevando el país al caos, mientras en Reino Unido la batalla política se presenta en forma de debate generacional entre los partidarios y detractores del Brexit o abandono de la UE.

Para los británico su ex primer ministro Blair les daba una recomendación, “si no estáis seguros, no os vayáis”. Extrapolado a la decisión que los españoles tomaremos el 26J podría ser “si no tenéis claro que votando a partidos populistas o a aquellos que hoy dicen una cosa y mañana la contraria las cosas van a mejorar, no los votéis”

Si Livio Druso fue un desastre para Roma, no propiciemos que conductas y políticas similares vuelvan a regir nuestro futuro, que los errores de otros recaigan sobre todos.

Solo impidiendo democráticamente que tengan la oportunidad de legislar y gobernar estaremos libres de esas pesadillas.

Que las políticas populistas que a lo largo de la historia ya han demostrado sus fracasos no vuelvan a regir nuestro destino está en nuestras manos. No nos equivoquemos.



Livio Druso o Tribuno

Lendo un artigo xornalístico un nome chamou a miña atención por descoñecemento, Livio Druso o Tribuno. Botando man de Wikipedia satisfixen a miña curiosidade. Trátase dun personaxe que plasmou a súa forza nos anos 90 antes de Cristo. Segundo a enciclopedia seguiu unha política populista, presentou unha lei demagóxica e devaluou a moeda. Quixo contentar a todos no Senado romano conseguindo o descontento das ordes de cabaleiros e Pais. Coa súa lei agraria logrou a oposición de terratenentes e da plebe. Finalmente nun clima de guerra civil, Druso foi desaprobado oficialmente polo Senado, aparecendo morto aos poucos días apuñalado na súa casa por un descoñecido, o que desencadeou a guerra social que durou desde o 90 aC. ata o 88 aC.

Extrapolando datas, nomes e denominacións, a súa conduta podería asimilarse á personaxes da nosa historia contemporánea, onde cando as crises desesperan a moitos cidadáns aparecen algúns inconscientes promovendo leis e normas de bonito enunciado e nefastas consecuencias, unhas impulsadas por Zapatero, outras prometidas por Pablo Igrexas e algunhas outras postas en práctica por alcaldes populistas como Ada Colau en Barcelona.

Todos coñecemos exemplos recentes e próximos de políticas populistas, da demagoxia da extrema esquerda ou dos secesionistas. Non nolo tomemos de broma.

Podemos e as súas alianzas con EU representan a ideoloxía máis nefasta polas súas consecuencias sociais dos últimos cen anos: o comunismo.

De Pedro Sánchez non podemos crernos case nada. Mentres el di que non haberá terceiras eleccións, algúns dos membros da dirección do PSOE xa repetiron que sexa cal for o resultado do 26J, con quen non pensan pactar nunca será co PP. Eu engado, con Podemos terán a súa baza para asentarse na Moncloa, ou viceversa.

Mentres, en Europa crece a preocupación ante o avance do populismo ultranacionalista, provocado en parte como resposta á deficiente xestión da crise dos refuxiados.

En Francia as mobilizacións e protestas sindicais contra a reforma laboral están a levar o país ao caos, mentres en Reino Unido a batalla política preséntase en forma de debate xeracional entre os partidarios e detractores do Brexit ou abandono da UE.

Para os británico o seu ex primeiro ministro Blair dáballes unha recomendación, ?se non estades seguros, non vos vaiades?. Extrapolado á decisión que os españois tomaremos o 26J podería ser ?se non tedes claro que votando a partidos populistas ou a aqueles que hoxe din unha cousa e mañá a contraria as cousas van mellorar, non os votedes?

Se Livio Druso foi un desastre para Roma, non propiciemos que condutas e políticas similares volvan rexer o noso futuro, que os erros doutros recaian sobre todos.

Só impedindo democraticamente que teñan a oportunidade de lexislar e gobernar estaremos libres deses pesadelos.

Que as políticas populistas que ao longo da historia xa demostraron os seus fracasos non volvan rexer o noso destino está nas nosas mans. Non nos equivoquemos.
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