miércoles, 22 de febrero de 2017

Lo que de verdad importa

Nos pasamos la vida preocupados por cuestiones materiales que la sociedad parece empeñada en imponernos como metas y que cuando alcanzamos dejan de tener valor llenándonos de insatisfacción.

Desde pequeños aprendemos a competir en clase, en los juegos, en el deporte. Pronto asociamos victorias a premios y éstos a su valor comercial. En algunos hogares se incentiva el cumplimiento y la obediencia en términos de regalos o compensaciones que poco tiene que ver con el reconocimiento moral, el inculcado de determinados valores o los estímulos para mejorar o para realizar sacrificios y esfuerzos personales. Todo se arregla con concesiones al capricho de turno o de moda.

De esta manera muchos jóvenes han crecido y llegado a adultos en una sociedad materialista y consumista, donde algunos padres quisieron darle a sus hijos todo lo que éstos pedían por el mero hecho de que ellos no lo tuvieron en su momento y como señal de haber alcanzado determinado estatus económico y social.

Estamos acostumbrados a darle mucha importancia a esos signos externos que de manera automática actúan como carta de presentación. En muchas empresas se identifica la valía o la responsabilidad en un puesto de trabajo no solamente con el nivel salarial sino con los símbolos que ello conlleva; modelo de vehículo, marca de ropa, etcétera.

En este ambiente es fácil definir un estereotipo de triunfador basado en ambiciones sin reparos con tal de alcanzar ese perfil que la sociedad en general ha moldeado para etiquetar a quienes lo alcanzan.

Por el camino muchos dejarán familias rotas por falta de convivencia, por no dedicar el tiempo necesario a la pareja o a los hijos, por priorizar de manera errónea anteponiendo los viajes de trabajo cada vez más largos, las jornadas interminables en la oficina o las cenas de trabajo, a pasar más tiempo con quienes tiempo atrás decidieron voluntariamente formar una familia.

En esos caminos solamente los sobresaltos propiciarán momentos de reflexión para replantearse el cambio de rumbo y prioridades, o la insistencia en mantenerla y no enmendarla, amparándose en que esos avisos “no son para tanto”.

Pero en otras ocasiones los avisos serán relacionados con la salud, muchas veces graves, y entonces muchos sí que decidirán replantearse sus modelos de vida y sus estrategias profesionales y personales.

Quienes hayan tenido la fortuna de haber tenido hijos y de haber construido un hogar con estabilidad emocional y buena convivencia estarán entre los seres privilegiados que sin estar exentos de problemas cotidianos de mayor o menor envergadura, confiarán en la fuerza de los sentimientos y de los valores que sustentan toda relación.

Si además la vida nos obsequia con la posibilidad de conocer y ayudar a los hijos de nuestros hijos, tendremos un argumento todavía más poderoso para poder valorar lo que realmente debe importarnos en nuestras vidas.

Por eso me siento privilegiado y afortunado, por haber recibido ese enorme obsequio de la vida que no tiene etiquetas sociales ni materiales. Por tener lo que de verdad importa.

O que de verdade importa

Pasámonos a vida preocupados por cuestións materiais que a sociedade parece empeñada en impoñernos como metas e que cando alcanzamos deixan de ter valor enchéndonos de insatisfacción.

Desde pequenos aprendemos a competir en clase, nos xogos, no deporte. Pronto asociamos vitorias a premios e estes a o seu valor comercial. Nalgúns fogares incentívase o cumprimento e a obediencia en termos de agasallos ou compensacións que pouco ten que ver co recoñecemento moral, o inculcado de determinados valores ou os estímulos para mellorar ou para realizar sacrificios e esforzos persoais. Todo se arranxa con concesións ao capricho de quenda ou de moda.

Desta maneira moitos mozos creceron e chegaron a adultos nunha sociedade materialista e consumista, onde algúns pais quixeron darlle aos seus fillos todo o que estes pedían polo mero feito de que eles non o tiveron no seu momento e como sinal de alcanzar determinado status económico e social.

Estamos afeitos darlle moita importancia a eses signos externos que de maneira automática actúan como carta de presentación. En moitas empresas identifícase a valía ou a responsabilidade nun posto de traballo non soamente co nivel salarial senón cos símbolos que iso leva; modelo de vehículo, marca de roupa, etcétera.

Neste ambiente é fácil definir un estereotipo de triunfador baseado en ambicións sen reparos con tal de alcanzar ese perfil que a sociedade en xeral moldeou para etiquetar a quen o alcanza.

Polo camiño moitos deixarán familias rotas por falta de convivencia, por non dedicar o tempo necesario á parella ou aos fillos, por priorizar de maneira errónea antepoñendo as viaxes de traballo cada vez máis longos, as xornadas interminables na oficina ou as ceas de traballo, a pasar máis tempo con quen tempo atrás decidiron voluntariamente formar unha familia.

Neses camiños soamente os sobresaltos propiciarán momentos de reflexión para reformularse o cambio de rumbo e prioridades, ou a insistencia en mantela e non emendala, amparándose en que eses avisos “non son para tanto”.

Pero noutras ocasións os avisos serán relacionados coa saúde, moitas veces graves, e entón moitos si que decidirán reformularse os seus modelos de vida e as súas estratexias profesionais e persoais.

Quen tivese a fortuna de ter fillos e de construír un fogar con estabilidade emocional e boa convivencia estarán entre os seres privilexiados que sen estar exentos de problemas cotiáns de maior ou menor envergadura, confiarán na forza dos sentimentos e dos valores que sustentan toda relación.

Se ademais a vida obséquianos coa posibilidade de coñecer e axudar aos fillos dos nosos fillos, teremos un argumento aínda máis poderoso para poder valorar o que realmente debe importarnos nas nosas vidas.

Por iso síntome privilexiado e afortunado, por recibir ese enorme obsequio da vida que non ten etiquetas sociais nin materiais. Por ter o que de verdade importa.

miércoles, 8 de febrero de 2017

Tiempo de locos

Es posible que después de leer el titulo del artículo estén pensando en que dedicaré estas líneas a las declaraciones diarias de Donald Trump, o a los sucesos en Cataluña, o quizás a los enfrentamientos en Podemos o a las locuras de un padre que por hacer daño a su pareja se arroja con su pequeña por la ventana. Todos estos sucesos, salvando las distancias en cuanto a la gravedad entre ellos, podría caber bajo el titular del artículo. Sin embargo voy a intentar referirme a otra clase de tiempo, el meteorológico, y explicar por qué creo que es de locos.

¿Quién no ha oído hablar en alguna ocasión acerca del cambio climático? Esta palabra y su significado empezó a causar preocupación mundial hace relativamente pocas décadas, unos 40 años, allá por 1979 durante la primera Conferencia Mundial sobre el Clima. Desde entonces la preocupación pública por las cuestiones relacionadas con el medio ambiente ha ido en aumento, estableciéndose medidas y leyes que tratan de protegerlo con distintos rangos de aplicación y también de éxito a nivel mundial.

La variación global del clima en la Tierra no es algo etéreo o para tomar a titulo de inventario; no es algo que solo deba preocupar a las próximas generaciones; no es algo que por tanto no nos incumba a los actuales pobladores de este planeta.

Las noticias relacionadas con los fenómenos meteorológicos anómalos y adversos cada vez ocupan más tiempo en todo tipo de informativos y ya forman parte de las tertulias de amigos y familiares. Es habitual comentar lo que seco fue este verano en Galicia, qué tornados se formaron en diversas localidades donde nunca antes los vecinos del lugar vieron este fenómeno, qué trombas de agua con sus correspondientes inundaciones han afectado a lugares poco dados a sufrirlas, y un largo etcétera. Sin ir más lejos los temporales de estos días pasados en nuestra tierra y las inundaciones de hace unas semanas en el mediterráneo son ejemplos claros de cómo la acción del hombre está contribuyendo a la alteración global del clima.

Quien piense que este problema no va con él está en un grave error o es un egoísta. El cambio climático nos afecta a todos porque su impacto es global. Las tormentas, las sequías o las olas de calor son solamente ejemplos de aumento de índices de mortalidad por catástrofes o alteraciones en las condiciones de producción de alimentos. Por ello no solo es un fenómeno ambiental sino de consecuencias económicas y sociales a nivel mundial.

Al tiempo que culpamos a las grandes industrias, preguntémonos cómo reciclamos nosotros, cómo utilizamos nuestros vehículos o graduamos nuestras calefacciones y aires acondicionados. Repito, nos afecta a todos y todos debemos implicarnos.

El tiempo es de locos porque los seres humanos que habitamos la Tierra nos comportamos como locos siendo irrespetuosos y egoístas. Parecemos preocupados en ver qué bienes podemos dejarles a nuestros hijos y olvidamos que el mejor legado es un medio ambiente equilibrado y sostenible. Lo demás poco les ayudará.
 
 

Tempo de tolos

É posible que despois de ler o titulo do artigo estean a pensar en que dedicarei estas liñas ás declaracións diarias de Donald Trump, ou aos sucesos en Cataluña, ou quizais aos enfrontamentos en Podemos ou ás tolemias dun pai que por facer dano á súa parella arróxase coa súa pequena pola xanela. Todos estes sucesos, salvando as distancias en canto á gravidade entre eles, podería caber baixo o titular do artigo. Con todo vou tentar referirme a outra clase de tempo, o meteorolóxico, e explicar por que creo que é de tolos.

Quen non oíu falar nalgunha ocasión sobre o cambio climático? Esta palabra e o seu significado empezou a causar preocupación mundial hai relativamente poucas décadas, uns 40 anos, alá por 1979 durante a primeira Conferencia Mundial sobre o Clima. Desde entón a preocupación pública polas cuestións relacionadas co medio ambiente foi en aumento, establecéndose medidas e leis que tratan de protexelo con distintos rangos de aplicación e tamén de éxito a nivel mundial.

A variación global do clima na Terra non é algo etéreo ou para tomar a titulo de inventario; non é algo que só deba preocupar ás próximas xeracións; non é algo que por tanto non nos incumba aos actuais poboadores deste planeta.

As noticias relacionadas cos fenómenos meteorolóxicos anómalos e adversos cada vez ocupan máis tempo en todo tipo de informativos e xa forman parte dos faladoiros de amigos e familiares. É habitual comentar o que seco foi este verán en Galicia, que tornados formáronse en diversas localidades onde nunca antes os veciños do lugar viron este fenómeno, que trombas de auga coas súas correspondentes inundacións afectaron a lugares pouco dados a sufrilas, e un longo etcétera. Sen ir máis lonxe os temporais destes días pasados na nosa terra e as inundacións de hai unhas semanas no mediterráneo son exemplos claros de como a acción do home está a contribuír á alteración global do clima.

Quen pense que este problema non vai con el está nun grave erro ou é un egoísta. O cambio climático aféctanos a todos porque o seu impacto é global. As tormentas, as secas ou as ondas de calor son soamente exemplos de aumento de índices de mortalidade por catástrofes ou alteracións nas condicións de produción de alimentos. Por iso non só é un fenómeno ambiental senón de consecuencias económicas e sociais a nivel mundial.

Á vez que culpamos ás grandes industrias, preguntémonos como reciclamos nós, como utilizamos os nosos vehículos ou graduamos nosas calefaccións e aires acondicionados. Repito, aféctanos a todos e todos debemos implicarnos.

O tempo é de tolos porque os seres humanos que habitamos a Terra comportámonos como tolos sendo irrespetuosos e egoístas. Parecemos preocupados en ver que bens podemos deixarlles aos nosos fillos e esquecemos que o mellor legado é un medio ambiente equilibrado e sustentable. O demais pouco axudaralles.
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